Sin ánimo de parecer irreverente

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Hemos hablado las últimas semanas sobre formas de realizar el saludo cuando nos presentan o somos presentados a alguien.

El saludo es una forma cortés de mostrarnos al otro, de granjearnos su trato. El saludo se puede graduar de más a menos, según la formalidad del evento al que acudamos, siendo la más formal la reverencia y para las señoras -y tratándose de saludar a alguien de la real familia- el plongeon, esa genuflexión  que implica doblar la pierna izquierda mientras se retrasa la derecha y que requiere no solo cierta gracia, sino también soltura y buen equilibrio.

En nuestra humilde opinión, y sin ánimo de ofender, la reverencia extrema -el plongeon– debería desaparecer; y debería hacerlo por varios motivos, entre ellos el de ser discriminatorio, ya que solo le corresponde a las mujeres hacerlo y por no respetar el principio de igualdad, si todos somos iguales, por qué tenemos que arrodillarnos ante otro ser humano.

La Constitución Española de 1978 en su artículo 1.1 señala como valor superior del ordenamiento jurídico la igualdad de todos los españoles y en su artículo 9.2 que «corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo (…) sean reales y efectivas» removiendo los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud. Si me tengo que arrodillar ante otro, la diferencia entre nosotros es palpable y manifiesta.

Vaya por delante que en ningún articulo de la Constitución ni ninguna norma de nuestro ordenamiento jurídico recoge la forma de saludo que hay que tributarle al Jefe del Estado y su familia.

La reverencia-genuflexión, el arrodillarse ante otro ser humano, implica sumisión, veneración, y ese sentido tenía en el pasado -hablaba del origen divino del poder de quien regía los destinos de un reino- y la imagen, la postura, casa perfectamente con el significado antiguo; no indica respeto, indica sumisión.  Tal muestra de sumisión debería desaparecer como forma de saludo. El rey es un Jefe de Estado, y como tal «ejerce las funciones que le atribuyen la Constitución y las Leyes» (art. 56,1 de la Constitución), normas que nos rigen a todos ya que por todos han sido aprobadas. No hay poder divino, no hay necesidad de veneración. Nadie debería tener que arrodillarse ante un Jefe de Estado, ni este esperar que sus conciudadanos, que son libres e iguales a él, se arrodillen ante él ni ante su consorte.

Eliminar la reverencia- genuflexión no quiere decir que haya que eliminar el saludo más respetuoso – la reverencia con ligera inclinación de cabeza- por supuesto que no, no olvidemos que el rey es no solo Jefe del Estado sino también «símbolo de su unidad y permanencia (…) -que- asume la más alta representación del Estado español» (art. 56.1 Constitución). Por lo que simboliza merece el máximo respeto -de palabra y obra-  y por tanto una forma de saludo acorde: apretón de manos y ligera inclinación de cabeza, y lo mismo para su consorte, pero nada de reverencias que visualmente impliquen veneración o sometimiento. Ya no somos súbditos, sino ciudadanos.

¿Y en el saludo a un rey Jefe de Estado extranjero? No soy su súbdito, ni siquiera su conciudadano, saludo formal y muy respetuoso sí, pero no genuflexión.

Artículo de opinión de @MariaPSC para @protocolblogger

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