¡El protocolo al paredón!

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Decíamos ayer y llevamos diciendo un montón de tiempo que ya está bien de confundir churras con merinas y de echar la culpa al protocolo de todo tipo de problemas relacionados con los gastos de representación, la educación social, la forma de vestirnos o los actos espontáneos, por calculados que estén, de reyes, autoridades y demás personajes públicos.

Desde todas las tribunas a las que tenemos acceso los #protocoleros profesionales peleamos todos los días por que se reconozca su trabajo. Simplemente. No pedimos nada más que eso, que se conozca una disciplina que es una estupenda herramienta de comunicación, que es imprescindible para la organización de un acto, que ayuda a la convivencia y facilita la vida. Pero, la realidad es, que su “halo de glamour” está demasiado extendido entre las gentes y es muy difícil que se separe la “sofisticación”, que muchos presuponen que conlleva, con “lujo”, “gasto”, “pomposidad”, “realeza”…

Y hasta aquí, podríamos entenderlo, pero que un político en ejercicio o que una autoridad con mando en plaza se preste al juego es puro interés. Ellos sí saben qué es el protocolo hoy, ellos sí se apoyan en la labor de sus técnicos, ellos sí han comprobado  que somos de gran ayuda en infinitas ocasiones, porque convivimos a diario. Sin embargo, ninguno, ninguno, pone freno a tanto desmán con la profesión y con los profesionales.

Si saben que necesitan técnicos en protocolo en sus ayuntamientos, por ejemplo, ¿por qué les llaman ayudantes administrativos a la presidencia? ¿Porque algún votante pueda creer que es un gasto superfluo?  ¿Porque no quieren reconocer que son necesarios y tienen miedo a que “no lo entienda el pueblo llano” y les tache de “casta”?

Si una concejala denuncia que se han disparado los gastos de protocolo, las miradas se posan en los del correspondiente departamento. Nadie pregunta más. Ya tienen un culpable y no hace falta buscar qué presupuesto es ese que se ha disparado. Si de disparar se trata: ¡el protocolo al paredón!
Confundir gastos de representación o  atenciones protocolarias  con protocolo -que es normativa y reglamento- no debería poder permitírselo un concejal –ni del partido que sea, ni de la ciudad que sea- porque él sí lo experimenta en carne propia. Lo vive con nosotros cientos de días al cabo del año. Pero, claro, es un arma arrojadiza contra alguien o contra sus contrarios.
Y en las instituciones los intereses políticos mandan y el protocolo es buena munición.
Facilona, sencillita y muy mediática.

Pues no pararemos de protestar. Ni nos lo merecemos los profesionales, ni lo merece la disciplina.

 

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