Una falta de respeto al respetable

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Se comenta mucho la falta de educación cívica –aunque de la otra también se hable- de niños y mayores. Es frecuente oír eso de la “falta de valores” que, como una enfermedad, afecta a la sociedad española en general –aunque “los extranjeros” tampoco se salven- y que se nota en la convivencia entre todos, en la forma de proceder, en la manera de trabajar, en el comportamiento, en el pensamiento, en las formas….¡se han perdido!

A mí me gusta más decir que no es cierto, que lo que pasa es que no se enseñan. La discusión entre valores y educación suele derivar en que lo mío es “deformación profesional”, que todo lo veo con ojos de “protocolo”.

No lo creo: apuesto por la teoría de que reflejamos en nuestros actos lo que somos. Y somos lo que hemos alcanzado siendo moldeados desde que nacemos  por nuestras familias, nuestro entorno, nuestras experiencias, nuestros trabajos.

Ayer lo comprobé. En el Congreso de los Diputados se votaba la Ley Orgánica que regula la abdicación de don Juan Carlos y pude estar allí. No era la primera vez que iba al hemiciclo aunque sí, la primera que a lo único que iba era a ver la actuación: “la puesta en escena” de una ceremonia. Mi idea, al margen de ser testigo de un día histórico en el Congreso, era ver cómo el protocolo ayuda a que este tipo de actos pasen de ser “modelo de diario” (pues sesiones hay todas las semanas) a “modelo especial”: creo que la ocasión lo merecía. Y yo quería poder contarlo después.

Pero lejos de fijarme en cómo trabajan los compañeros del departamento de protocolo en lo que fijé mi atención fue en sus Señorías. Mientras sonaba el aviso de inicio de la sesión, los diputados iban entrando en la sala con tranquilidad, distendidos, charlando. Los periodistas ocupaban la tribuna de prensa con prisas. Los gráficos empujaban a diestro y siniestro para colocarse bien y poder sacar una buena foto. Los del “canutazo” perseguían sin misericordia a los diputados señalados, jefes de filas y miembros del gobierno que retrasaban la entrada y la subida a sus escaños para contestarles.

Miraba yo extasiada esa “ceremonia” previa pensando en que transmitía lo que parecía: tensión, emoción ante el momento, intensidad por el debate que se esperaba… en definitiva, expectación.
Iniciado el acto intenté concentrarme en “lo mío” pero no hubo manera: la sala no estaba en silencio. No lo estuvo en ningún momento. A pesar de los muchos llamamientos al orden del presidente,  sus Señorías no dejaron de charlar en las cuatro horas que duró. Pero no sólo no dejaron de hablar, es que no dejaron de moverse entre los escaños -al margen de que un elevado número de ellos abandonó el hemiciclo tras los discursos de los partidos de más peso- , subiendo y bajando las escaleras sin parar, acodándose en el escaño para charlar cómodamente con el compañero de la fila de atrás, haciendo corrillos en los espacios más anchos, entrando y saliendo sin parar -los aseos y el bar debían estar muy concurridos-; incluso una señora diputada bajó desde su escaño para preguntarle directamente al presidente, sin reparo alguno, por la hora de la votación. Yo pensé que pasaba algo porque subirse hasta allí para hablar con el Sr. Posada en mitad de la “actuación” de uno de los diputados del Grupo Mixto no me parece muy normal salvo urgencia, pero no: el micro abierto permitió saber que nos quedaba media hora para la votación y, supongo, que consecuentemente la señora diputada se marchó al bar.

En los escaños unos leían la prensa, otros hablaban por el móvil. Pocos escuchaban. Pocos atendían. ¡Era la representación pura y dura del desprecio: la puesta en escena que ha motivado el resultado de las últimas elecciones!

Tampoco la representación de los medios de comunicación demostró mejores formas: hablaban entre sí sin bajar el tono de voz ni un ápice, chistándose los unos a los otros, pisando al que estaba ya sentado, preguntando al de al lado si se había enterado de lo que decían. Espectacular.

La sensación era de estar en un patio de vecindad: acodados en las corralas, los madrileños cotilleaban a sus vecinos. Lo mismo pero en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo. Se increpaban los unos a los otros, intercambiaban risas y chascarrillos, deambulaban por el recinto como por una estación de metro mientras, y a modo de música de ambiente y ruido de fondo, el diputado de turno defendía su postura aunque su voz parecía más el ruidito de esas radios que ponen la banda sonora a los patios y le dan a la estampa un  aire de campechanía –casticismo, dicen- más cercano a reunión de bar que al ambiente de respeto propio de un espacio en el que reside la soberanía popular y donde se debatía la abdicación del Jefe del Estado. Tal cual.

No me voy a meter en el fangal de comentar la calidad de los discursos pero sí en las formas y la educación de aquellos que hemos elegido. Si esa es la representación del pueblo español no nos podemos quejar de la falta de nada: ¡no es cuestión de valores, Señorías! Es que no tenemos educación porque ese es un valor que les importa un pimiento. No es cuestión de solemnidad: con un comportamiento cívico como ese ¡ni aunque les pongan a todos un frac, al futuro rey una corona de mil diamantes, capa de armiño y cetro de oro, haya o no misas, “tedeums” o paseos en coche cubierto, descubierto o calesa!  La solemnidad no la representan los objetos: la tiene el hecho que no sabemos valorar, que no sabemos representar.

Y no es cuestión de mucho o poco protocolo, que es sólo una disciplina que ayuda a ordenar los actos para hacer visible lo que con ellos se representa, es cuestión de respeto. Si nuestros representantes no lo tienen, ni lo transmiten, ni lo enseñan, ni lo demuestran, ni lo valoran, ni creen en él…¡a los de a pie no se les puede pedir tampoco!

 

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